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SUBSIDIOS PONEN EN PELIGRO LA DOLARIZACIÓN
Por Julio Oleas
Los subsidios se han convertido en un problema gigantesco para la economía ecuatoriana. Mientras el único relativamente eficiente –el bono de desarrollo humano– tiende a disminuir, los demás se han incrementado hasta alcanzar dimensiones intolerables. Cuando Ecuador atravesó la peor crisis que recuerda su historia (1998), los subsidios se redujeron significativamente. Pero ingresos petroleros fáciles, con el telón de fondo de períodos presidenciales de dos años con ministros de Economía más inestables todavía, han alentado el incremento de transferencias monetarias ocultas que benefician a quienes menos necesitan del auxilio estatal.
El problema de los subsidios es tan agudo que, si no se lo corrige inmediatamente, puede significar el inicio del fin de la dolarización, tanto por el costo fiscal que representan (estimado en 25% del Presupuesto del Estado de 2006) como por las distorsiones asignativas e ineficiencias productivas que encubren. Uno de los supuestos fundamentales para consolidar la dolarización era –y sigue siendo– que la economía debía ordenarse lo más próxima al juego de mercados libres, transparentes y competitivos. Pero mientras se sigan manteniendo subsidios generales en sectores tan sensibles como el energético, el consumo doméstico y el productivo, la tendencia será la contraria.
El Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) ya admitió en 2004 que los subsidios le costaron al Fisco $ 1.400 millones anuales y, hace poco, informó que en 2006 costarán $ 2.147 millones. Este crecimiento es insostenible, incluso en presencia de una abundancia petrolera que nadie puede tomar por segura. Más todavía, como las economías de los países vecinos son más ordenadas, en ellas los precios de los combustibles se encuentran más próximos a los determinantes del mercado, lo que produce diferenciales de precios con productos similares ecuatorianos altamente subsidiados, que alientan el contrabando y esparcen corrupción por todos lados.
Los subsidios pueden ser un instrumento muy valioso para combatir la pobreza, pero en Ecuador se los ha pervertido de mala manera. Es muy improbable que el gobierno saliente asuma la responsabilidad de corregir este problema, pero el régimen entrante tiene la obligación impostergable de enfrentarlo con entereza y de inmediato. Menuda responsabilidad, dado el “costo” político implícito. Pero de no asumirla, dejará que la mecha del taco de dinamita siga consumiéndose, hasta que explote en la cara de la dolarización.
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