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TRAS
LAS HUELLAS DE LA DESCENTRALIZACIÓN
Por Juan J. Paz y Miño Cepeda
Desde el nacimiento del Estado del Ecuador
(1830), la Costa y la Sierra constituyeron dos regiones
socioeconómicas diferenciadas y separadas por la
geografía. Con una población estimada en 500.000
habitantes, casi el 90% se hallaba en la Sierra y un 10%
en la Costa. Todavía en 1950, el 58% de la población
nacional, estimada en 3´202.757 habitantes, era serrana,
el 40% costeña y un 2% ocupaba la Amazonía
y Galápagos.
LA REGIONALIZACIÓN SOCIOECONÓMICA
En la región norcentral andina, dominaba la hacienda
tradicional, pero el austro serrano constituía una
subregión con dinamia específica. Cada hoya
andina permanecía separada, con mercados estrangulados
y abastecimientos productivos propios. Quito era el eje
político de la Sierra centronorte y Cuenca el del
sur. En la Costa, en cambio, la cuenca del Guayas experimentó
la rápida expansión de las haciendas productoras
de cacao, mientras el norte del litoral conservaba características
de subregión dependiente. Los poderosos clanes familiares
de hacendados de la Sierra y la Costa constituyeron la capa
dominante del país, que sobreexplotó la fuerza
de trabajo indígena, campesina y montubia, volviéndola
pobre y atrasada. Y aunque el mercado interno del litoral
también era necesariamente reducido, se impuso la
influencia de Guayaquil, que despegó como eje económico
y político de la Costa, ciudad comercial y principal
puerto de la república.
La regionalización del Ecuador, que pudo generar
economías complementarias, paradójicamente
atentó contra la construcción nacional. Cada
localidad, cada región y cada oligarquía regional
pretendía manejarse como minirepública autónoma.
Caciques y caudillos, promotores de su influencia o dominio
local, acentuaban los regionalismos. Gamonales de la Sierra
y oligarcas de la Costa se enfrentaban, tanto por asegurar
sus respectivos poderes regionales como por imponer su control
en el Estado. Además, los clanes familiares hegemónicos
no estaban dispuestos a consagrar la igualdad y la democracia
constitucionales en beneficio popular. De manera que construir
un Estado-nación y edificar una sociedad económicamente
solidaria se convirtieron en problemas políticos
y culturales y en desafíos permanentes para los gobiernos.
LAS FINANZAS PÚBLICAS DESCENTRALIZADAS
Contrariamente a lo que se cree, el Ecuador nació
a la vida republicana con un sistema fiscal descentralizado,
que reflejaba la regionalización del país
y cuyas bases serían difíciles de desarraigar
hasta bien entrado el siglo XX. Bajo ese sistema, las cajas
departamentales, las tesorerías provinciales y las
autoridades cantonales manejaban ingresos y egresos diversos,
aun con su propia contabilidad, todo lo cual impedía
fijar responsabilidades ante los gobiernos, que, además,
eran incapaces de ejercer controles efectivos, incluso por
falta de personal competente. Además, existían
múltiples agencias y juntas autónomas locales,
con funciones específicas y facultad para recaudar
e invertir fondos públicos. Tanto contratistas privados,
como rematistas particulares tenían a su cargo el
cobro de varios impuestos. Los mismos congresistas acentuaban
la descentralización fijando partidas, fondos, ramos
de impuestos o cargos adicionales para obras específicas
de interés meramente regional o provincial, administrados
por entidades desperdigadas. Se aseguraban así clientelas
políticas. Las autoridades provinciales y municipales,
aisladas por la falta de caminos y medios de comunicación,
obraban con suficiente autonomía; y los funcionarios
públicos eludían las directrices superiores
del gobierno. Resultaba fácil lucrar de los fondos
públicos.
Ante semejante realidad, los gobiernos sucesivamente intentaron
el orden financiero y la centralización de la hacienda
pública, ya que los principales ingresos del Estado
eran los impuestos. El tributo de indios (abolido en 1857)
y el diezmo (abolido en 1889) fueron los únicos impuestos
directos. Sistemáticamente fracasaron los impuestos
prediales, resistidos por los terratenientes. Resultó
imposible fijar impuestos progresivos y peor gravar las
rentas. En forma prioritaria, el soporte de las finanzas
públicas descansó en el impuesto indirecto
de las aduanas que, a pesar del contrabando, proporcionó
un tercio de los ingresos estatales y usualmente sobre el
50% de los mismos. Tal impuesto afectaba, sin duda, a los
comerciantes costeños y, en esencia, al puerto de
Guayaquil. Cuando a mediados del siglo XIX empezaron a funcionar
en esa ciudad los primeros bancos particulares, los gobiernos
también acudieron a sus créditos. La "riqueza
de la Costa" lucía, por tanto, sistemáticamente
expoliada por el Estado, manejado además desde Quito,
con políticas gubernamentales atacadas como "centralistas".
Forzosamente, la defensa regional de sus intereses económicos
cohesionó a los agroexportadores y empresarios costeños
en torno a objetivos antiestatistas, que convergieron en
Guayaquil. Pero, en cambio, esa misma "riqueza costeña"
contrastó en su distribución, pues la opulencia
de los "gran cacao" era posible a costa de la
pobreza popular.
Bajo las condiciones anotadas, las confrontaciones entre
regionalistas y nacionalistas, entre autonomistas y centralistas,
se enraizaron en la historia nacional. Los unos defendían
la regionalización, las fuentes de la economía
local, la preservación de los sistemas financieros
descentralizados. Los otros, la construcción de un
Estado-nación, con suficiente capacidad gubernamental
para imponerse sobre las fuerzas dispersantes y los intereses
particulares. Progresivamente triunfaron las políticas
centralistas.
Paradójicamente, quienes más contribuyeron
a ello fueron líderes nacionalistas costeños
como Vicente Rocafuerte, Gabriel García Moreno y
Eloy Alfaro, que afirmaron el papel del Estado en la provisión
de servicios, la educación pública y la construcción
de obras materiales. Particularmente durante la época
liberal (1895-1925), sustentada, además, en el auge
más importante de las exportaciones de cacao, la
acción gubernamental centralista fue determinante
para la modernización del atrasado Ecuador, la ampliación
del mercado interno y la integración geográfica
del país por el ferrocarril, las obras de infraestructura
y las comunicaciones.
DESENLACE DEL "CENTRALISMO ABSORBENTE"
Durante el siglo XX, el ascenso de las clases trabajadoras,
indígenas y campesinas, el crecimiento y politización
de las capas medias, las crecientes demandas por el bienestar
colectivo, las reacciones populares contra las oligarquías,
las críticas a la injusticia social, las nuevas luchas
por el poder y aún las influencias externas, se convirtieron,
entre otros, en factores que presionaron a los gobiernos
por la consolidación del estado centralista en materia
fiscal e intervencionista en materia económica y
ahora también en materia social. A partir de 1925,
los gobiernos institucionales de las Fuerzas Armadas, inspirados
en principios nacionalistas y reformistas, fueron determinantes
en las políticas centralistas, sostuvieron el "desarrollismo"
de las décadas de los sesentas y setentas y, además,
con el manejo de la fabulosa riqueza petrolera en los setentas,
lograron independizar al Estado de la tradicional subordinación
financiera a los capitalistas y agroexportadores costeños.
Al consolidarse el "modelo estatal" de desarrollo,
quedaron olvidadas las nefastas experiencias del sistema
fiscal descentralizado del pasado. Aún más,
gracias a ese modelo estatal se introdujo la preocupación
por la redistribución de la riqueza y se atendió
la cuestión social ecuatoriana. Pero también
se afirmó el fenómeno de la burocratización,
que sujetó la administración pública
a trámites y papeleos ineficaces.
Bajo gobiernos constitucionales, durante las dos últimas
décadas del siglo XX se ampliaron los cuestionamientos
al "modelo estatal" y a favor de un "modelo
empresarial" de desarrollo. Desgraciadamente, con ello
también perdieron significación las obligaciones
sociales y redistributivas del Estado, creyendo que ellas
podrían manejarse con esquemas privados. Al reactivarse
las reacciones contra el centralismo, el intervencionismo
y el burocratismo, nuevamente se puso en disputa el origen
y el destino de las finanzas estatales. Finalmente, tras
los debates y las legítimas aspiraciones sobre autonomía
y descentralización, también han podido escudarse
poderosos grupos económicos interesados en "minirepúblicas"
regionales bajo su control. Sin embargo, tomando en cuenta
la experiencia histórica del Ecuador, tocará
al Estado nacional imponer las responsabilidades económicas
y sociales fundamentales, a fin de impedir que las autonomías
eludan la solución de la inequidad en el reparto
de la riqueza, que continúa siendo el problema fundamental
en la historia económica del país.
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